Tecnologia

La economía de la atención redefine la creatividad y el conocimiento


El escritor advierte que la “frontera” entre los productores de discursos considerados profesionales y aquellos que no lo son, “se ha difuminado”. Las redes crearon “nuevas formas de profesionalización”.

Entrevista de Gabriela Origlia – Revista Estrategia & Negocios

“No se trata solo de retener o entretener la atención de los lectores, espectadores u oyentes, sino de lograr que lleguen a sus cerebros el desafío, el conocimiento o la belleza”. La frase es de Jorge Carrión, escritor y crítico cultural, quien en los últimos años ha trabajado intensamente sobre la inteligencia artificial (IA). El autor incluso publicó el primer libro en español escrito mano a mano con un programa de IA: Los campos electromagnéticos.

Carrión habla de la “economía de la atención”, la importancia –en una sociedad digitalizada– de que las personas se concentren en un mensaje. Reconoce que los estímulos están en cada rincón y por eso crece la pelea por captar unos minutos de su tiempo y, por supuesto, de monetizarla. Recalca que muchas veces ni siquiera la persona es consciente de ese combate a su alrededor.

El investigador plantea que el punto de inflexión para la economía de la atención se produjo “con el fin de la distinción entre creador y lector o espectador”. Repasa que, desde 2005, con Facebook y YouTube, todos “empezamos a convertirnos en productores de discurso”. Y allí empieza a darse otra situación: “Ya no hacemos las cosas por amor al arte, sino por deseo de likes o de monetización”, dice en diálogo con E&N.

Escribió “Los campos electromagnéticos” con programas de IA. ¿Qué aprendió de esa experiencia? ¿Qué lo impulsó a llevarla adelante?

Soy una persona curiosa. Desde niño me ha gustado experimentar: era el típico muchachito con gafas con un microscopio y una colección de minerales y sellos en su escritorio. Desde que publiqué Teleshakespeare he estado muy atento al nuevo ecosistema de las redes sociales y las plataformas.

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Mi libro Contra Amazon y mi podcast Solaris me llevaron al tema de los algoritmos, la IA. De pronto, sin saber por qué, se me ocurrió una novela entera narrada por una IA del año 2100, que ha creado en secreto el Museo del Siglo XXI. Así nació Membrana.

Después de ese largo camino, lo lógico, tal vez lo ético, era coescribir con las IA generativas. Y eso hice. Aprendí que redactan muy bien, pero todavía no son capaces de llegar a producir literatura. O, al menos, la literatura que a mí me interesa.

¿Cómo observa la discusión que todavía hay respecto de la integración de la tecnología a la educación? Un tema que en Centroamérica y Latinoamérica es casi cotidiano.

Es una integración muy urgente. Tenemos que hacer un reset. Se trata de herramientas diseñadas para que sean fáciles de usar, intuitivas, de modo que sólo reclaman un poco de juego, de entrenamiento, de ensayo y error, dedicarle unas horas. Al mismo tiempo, hay que leer libros como Atlas de la IA, de Kate Crawford, o Las nuevas leyes de la robótica, de Frank Pasquale, para entender su génesis, alcance y problemas.

¿Se siente una suerte de escritor, relator del futuro? ¿Es posible eso en un universo tan dinámico?

Me he especializado en el presente, soy un escritor realista. Lo que ocurre es que en el presente hay zonas de pasado (digamos, tribus aborígenes no contactadas, comunidades amish), del presente estricto (la mayor parte, quizá) y de los futuros posibles. Yo busco en esa región e imagino, con las herramientas de la ficción especulativa, posibles evoluciones o caminos.

Por ejemplo, en mi nuevo podcast, Gemelos digitales: esa tecnología de clonación virtual ya existe, pero acaba de nacer, todavía no tenemos el gemelo digital de ningún cuerpo humano o ciudad completo; pero yo me pregunto: ¿Y si en un pueblo de China ya fuera todo eso realidad? Y especulo. Es decir, pongo un espejo. Lo que ocurre es que del espejo de Stendhal hemos pasado a uno pixelado.

Habló varias veces de la “economía de la atención” en referencia a la pelea por atraer a las audiencias. ¿Cuándo diría que comenzó a plantearse ese
dilema?

Yo diría que, como casi todo, es muy antiguo, pero se ha acelerado y multiplicado exponencialmente en el siglo XXI. El gran giro se ha dado con el fin de la distinción entre creador y lector o espectador. Desde 2005, con Facebook y YouTube, todos empezamos a convertirnos en productores de discurso.

Eso, entre otras consecuencias, ha provocado el declive del concepto de hobbie, porque ya no hacemos las cosas por amor al arte, sino por deseo de likes o de “monetización”.

También ha generado unas expectativas difíciles de alcanzar: hay espacio para que todos publiquemos, seamos públicos, pero no se puede democratizar al mismo nivel el reconocimiento.

La competencia por la atención se plantea entre “profesionales” e influencers, ¿qué alternativas viables existen para los primeros? ¿Jugar con las mismas herramientas, apelar a otras?

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La frontera se ha difuminado. YouTube, Instagram o TikTok han creado nuevas formas de profesionalización. En mi práctica personal, sigo escribiendo como hacía en el siglo XX, cuando empezaba, tomando notas a mano o tecleando sin conexión a internet; pero en mis redes sociales sí intento jugar según las reglas del game, como ha llamado Alessandro Baricco al nuevo mundo, aunque sin dedicarle demasiado tiempo, sin volverme loco, recordando que son herramientas caprichosas, no fines en sí mismos.

Cada vez que nos enfrentamos a tecnologías disruptivas, aparecen los extremos. Los que creen que es el fin de todo y los que son optimistas. ¿Se ubica en alguna de esas puntas?

Busco un equilibrio. Y reclamo el sentido común. No pongo fotos de mis hijos en mis redes porque son menores de edad. No insulto en redes porque es un espacio público y no insulto en ningún lugar público. Y creo que la disrupción sólo debe impulsarse cuando se han evaluado sus repercusiones, sobre todo éticas.

En su libro “Lo viral” marcó la existencia de un punto clave entre lo clásico y, precisamente, lo viral. ¿Qué cree que queda hoy de los fundamentos de la cultura del siglo XX, si es que piensa que quedan?Creo que hay una coexistencia que lentamente se va decantando hacia el siglo XXI. Y que ocurrió lo mismo con el XIX, que pervivió al menos hasta la primera guerra mundial, sino hasta la segunda.

Lo clásico y lo viral bailan su tango en las diversas parcelas del presente. Por ejemplo, en el amor. Millones de personas se enamoran hoy en un bar, un aula, un parque; y otras tantas, a través de aplicaciones de citas o de Zoom. O la cultura. Las bibliotecas siguen clasificando sus libros según autor, género o editorial, mientras que las plataformas han inventado su propio sistema de clasificar las películas, por micro géneros más o menos extraños.

En este mundo donde la tecnología suele dar idea de que todo es más efímero, ¿cómo cree que se construirán los recuerdos de estos años?

Me obsesiona la pérdida del álbum personal y familiar. Las miles de fotos íntimas que acumulamos en la nube no nos explican como lo hacían aquellos álbumes, que ordenaban nuestra memoria y eran nuestro espejo. Hay ahí un vacío, que se expande. La circulación constante de datos y hechos falsos hace que la memoria no sea tan consistente. Y ChatGPT hace que los textos tampoco sean sólidos. El recuerdo de una vida gaseosa, ¿cómo aprehenderlo?



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