Tecnologia

El intento fallido de Elon Musk por ser CEO de Apple o el inicio de una guerra sin fin con Tim Cook


Elon Musk empezó la semana tratando, una vez más, de declararle la guerra a Apple y la terminó con las puertas casi abiertas -aunque la última palabra la va a tener la jueza Kathaleen McCornick o, tal vez, el Tribunal Supremo del Estado de Delaware- para embolsarse unos 48.400 millones de dólares (45.150 millones de euros) antes de impuestos, aunque, como se trata de stock options, la cifra final es difícil de calcular. En todo caso, la cantidad exacta es casi una discusión bizantina: la mayor duda es si con las acciones que los accionistas de Tesla han aprobado darle a Musk, éste podría comprarse el segundo mayor fabricante de automóviles del mundo, la empresa coreana Hyundai, o el tercero, el europeo Stellantis.

Ha sido el broche de una semana típicamente muskiana, marcada por la capacidad del empresario para enfrentarse, una vez más, a sus colegas -o competidores, según el día- de Silicon Valley y por su capacidad para lograr que sus fans le apoyen, aunque sea en la consecución de una remuneración que no tiene precedente en la Historia del capitalismo. Y eso que el precedente es el propio Musk, que en 2018 recibió 2.300 millones de dólares (2.150 millones de euros) de Tesla.

La empresa de coches eléctricos que dirige y de la que es el principal accionista, cerró aquel año con pérdidas y un valor de 57.440 millones de dólares, o sea, poco más que BBVA hoy. Tesla acababa de estar al borde de la suspensión de pagos debido a los problemas para desarrollar su modelo Tesla 3, lo que había llevado a Musk (siempre amante del histrionismo) a dormir en una tienda de campaña en la única fábrica que tenía entonces la empresa, en Fremont. La compañía salió adelante. Pero Musk quería venderla a la que probablemente sea la firma que más admiraba, en la que se ha fijado siempre como modelo de inspiración para el diseño de sus coches y de la que ha tratado de ‘robar’ todos los ejecutivos que ha podido: Apple.

Ahí, también, empezó la mala sangre entre el egocéntrico Elon Musk y el discretísimo Tim Cook, presidente y consejero delegado de Apple. Una guerra que ha continuado esta semana, cuando el primero amenazó con prohibir los dispositivos de Apple en sus empresas alegando motivos de seguridad por la decisión de la compañía del iPhone de integrar en sus máquinas ChatGPT, el chatbot de Inteligencia Artificial (IA) creado por la empresa OpenAI, que Musk trató, sin éxito, de controlar en 2019, y a la que este año ha demandado alegando que ha violado su compromiso de ser una organización sin ánimo de lucro. El martes, un día después de atacar a Apple, Musk retiró su demanda una vez que la empresa de IA demostró que Elon sólo se fue de la compañía cuando quedó claro que no iba a poder controlarla.

En su nueva pelea con Apple, Musk habló y su rival ni se dio por aludido. Es lo normal. Como también la guerra entre las dos empresas. La tecnología evoluciona, pero los ataques de Musk a Apple siguen. El del lunes ha sido el último episodio desde que en 2017 y en 2018, Musk trató de fusionar Apple y Tesla. Eran “días oscuros” para la primera de esas empresas, tal y como él mismo ha reconocido, así que intentó que la compañía de la manzana adquiriera la suya. Era una operación lógica. Apple estaba entonces enfrascada en el llamado Proyecto Titán, que sólo abandonó en enero pasado tras quemar miles de millones de dólares en busca de la quimera de fabricar un coche eléctrico totalmente autónomo, hasta el punto de que los asientos del conductor y los pasajeros miraran hacia dentro, como en el Metro, con lo que habría que girarse para ver la carretera. Y Tesla era la firma que había decidido apostarlo todo a los coches eléctricos y autónomos.

Incógnitas

Lo que sucedió entonces todavía no está claro. Musk dice que Cook no quiso reunirse con él. El máximo ejecutivo de Apple nunca ha hecho comentarios al respecto, aunque según algunos medios de EEUU, ha reconocido que nunca se reunió con el entonces presidente y consejero delgado de Tesla. El periodista de The Wall Street JournalTim Higgins narra en su libro Power Play. Tesla, Elon Musk and the Bet of the Century (‘Juego de Ataque. Tesla, Elon Musk y la Apuesta del Siglo’) una conversación telefónica entre los dos directivos en la que el de Tesla le explica al de Apple que, si la fusión sale adelante, él quiere ser el consejero delegado de la nueva empresa. Era una propuesta descabellada, porque Apple valía entonces 15 veces lo que Tesla. Según Higgins, Cook respondió: “Vete a tomar por el culo”. Y colgó. Aún hoy, Apple vale seis veces lo que Tesla.

Fue el inicio de una larga serie de desencuentros que han ido subiendo en intensidad a medida que el ego de Musk ha ido creciendo todavía más deprisa que el valor en Bolsa de las Big Tech. La siguiente gran pelea llegó en 2022, cuando Musk llevó a cabo su catastrófica compra de Twitter. Su modelo de negocio pasaba por la creación de un sistema de suscripción a la red social que apenas ha tenido éxito, pero que él esperaba que pudiera convertirse en una fuente de ingresos sostenida para la compañía. Y ahí, volvió a chocar con Apple por las comisiones del 30% que su tienda de apps App Store cobra a las empresas que venden sus aplicaciones en ella. Musk amenazó con retirar Twitter de los iPhone y colgó un surrealista post en la plataforma con la foto de un coche derrapando en una autopista en la que un carril llevaba a la «Libertad» y otro a la App Store. “¡Qué diablos!”, escribió.

Parecía que Twitter iba a dejar de estar en los iPhone. Musk visitó a Cook en la gigantesca sede de Apple y no logró nada, salvo el compromiso de que la empresa mantendría su publicidad en la plataforma. De hecho, Apple ni siquiera permitió al responsable de Tesla hacer fotos del encuentro. Un año más tarde, Apple encabezó el boicot de anunciantes en Twitter -entonces ya X- cuando Musk colgó un mensaje antijudío.

Esta vez no hubo reunión. El dueño de la red social acusó a Apple de ser “enemiga de la libertad de expresión”. Y Apple, una vez más, no dijo nada. Pero el boicot fue extendiéndose, con cada vez más empresas retirándose de X, hasta que Musk tuvo que hacer algo inédito en él: pedir perdón y hacer dos viajes con un claro objetivo de recomposición de su imagen: el primero a Israel, y el segundo al campo de exterminio nazi de Auschwitz, en el que estuvo acompañado de un superviviente del Holocausto que después se quejó de que todo había sido una campaña de imagen.

Y así es como se llaga al último desencuentro, el lunes pasado, cuando Apple anunció que ChatGPT estará en sus dispositivos. La reacción de Musk fue fulminante. Si Apple integra los productos de OpenAI con su sistema operativo iOS, los dispositivos de esa empresa “quedarán prohibidos en mis empresas. Un riesgo inaceptable para la seguridad”, tuiteó Musk antes de, en su mejor línea, deshacerse en una serie de amenazas e insultos contra la empresa cofundada por Steve Jobs. Apple “no entiende” lo que hace OpenAI, y si sigue adelante con su alianza, quien ose ir con un iPhone o un iPad a alguna de las empresas de Musk deberá dejarlos a la entrada en una sala Faraday, o sea, un habitáculo que no permite emisiones electromagnéticas.

Motivos detrás del enfado

La rabieta de Musk tenía una razón que no estaba vinculada a la seguridad. Unos 1.000 millones de personas en todo el mundo usan los productos de Apple. Si OpenAI coloca su ChatGPT en todos, habrá conseguido una ventaja enorme sobre sus competidores en el campo de la IA. Las ventajas para la estrella de la Inteligencia Artificial son tales que Apple, de hecho, no va a pagar nada a OpenAI por usar su producto estrella. Además, Apple está negociando con Alphabet, la dueña de Google, la integración de su modelo de IA, Gemini, en sus aparatos. Apple también está buscando fórmulas de colaboración con otro líder en ese campo, Anthropic, en cuyo capital participa Amazon. Alphabet planea instalar Gemini en los teléfonos Android, que tienen 3.000 millones de usuarios en todo el mundo. Finalmente, Microsoft tiene el 49% del capital de OpenAI, lo que abre a esa empresa todos los PCs del mundo que usan el sistema operativo Windows.

Todo eso supone un problema para Musk: xAI, su empresa de IA, se puede quedar sin ninguna plataforma que le dé acceso a un público masivo. Aunque la integre en los Tesla, el mercado de esa marca es diminuto comparado con el de los iPhone y los Android. Según ChatGPT, a mediados del año pasado se habían vendido 5,48 millones de vehículos de esa empresa, aunque otro chatbot de IA, el Copitlot de Microsoft, rebajaba la cifra a 4,5 millones, en una muestra de que la IA es fiable, pero no demasiado. En todo caso, esas cifras son ridículas cuando se las compara con las del iPhone y el los Android. Todo por no hablar del hecho de que pasamos mucho más tiempo con los dispositivos móviles que en el coche. Musk tiene X, pero esa red está cayendo en barrena y podría haber perdido un tercio de sus usuarios desde que Musk la compró y la dejó transformarse en una plataforma especializada en contenidos ultras, conspiratorios y, más recientemente, pornográficos.

Por ahora, xAI está valorada en 24.000 millones de dólares, mientras que OpenAI alcanza los 80.000 y Anthropic los 19.000. Eso es lo que preocupa a Musk. Su guerra con Tim Cook siempre ha sido una mezcla de ego y ambición, pero, en último término, lo que ha dictado sus ataques a Apple ha sido la cuenta de resultados.



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