Europa controlará por ley la huella ecológica de la Inteligencia Artificial

Es el mundo del mañana, empezando a ser escrito, y a pasos agigantados, desde el hoy. La Inteligencia Artificial (IA) ha removido ya, de forma más o menos evidente, las fórmulas establecidas para desarrollar todo tipo de tareas. Más allá de sus ventajas, la IA despliega una infinidad de peligros que trascienden las discusiones éticas; cada vez más, la forma en la que su actividad impacta en el medio ambiente se revela como una amenaza para aquello que está decidida a revolucionar: el propio mundo.

Basada en la combinación de algoritmos, la IA supone en plena era digital la mayor revolución social y económica de los últimos siglos. Los resultados de sus operaciones han transformado la forma de operar de multitud de sectores, pero cada vez más estudios ponen el acento en la cantidad de energía y agua que consume, en la contaminación que produce la fabricación de los equipos que la componen y en la basura electrónica que genera al final de su vida útil.

Una investigación elaborada por las universidades Colorado Riverside y Texas Arlington subraya, por ejemplo, la cantidad de agua dulce que las compañías necesitan para enfriar los servidores dedicados a alimentar sus sistemas. Según este análisis, en 2021 Google consumió 12.700 millones de litros de agua dulce en los procesos de refrigeración. Y Microsoft ha reconocido que su consumo de agua aumentó un 34% en el periodo 2021-2022.

“La huella hídrica está directamente relacionada con el consumo energético; a mayor consumo, mayor calor generado y mayores son las necesidades de refrigeración”, explica José Andrés López de Fed, miembro del Comité de Sociedad Digital del Instituto de la Ingeniería de España (IIE), que completa: “La electrónica que está en el corazón de los servidores funciona mejor cuanto más baja sea la temperatura de la sala en la que están”. Así, el Informe Ambiental de las Naciones Unidas estima que las necesidades de agua derivadas de la IA pueden alcanzar los 6.600 millones de metros cúbicos para 2027. Por otro lado, no hay que olvidar que la fabricación de la tecnología que compone los equipos conlleva la extracción intensiva de materiales raros, como silicio, germanio, galio, boro y fósforo, una actividad que tienen un notable impacto en el medio ambiente y contribuye a la contaminación del agua.

Es de esperar, además, que el consumo energético de los centros de datos se multiplique en los próximos años. Según la Agencia Internacional de la Energía (AIE), el 2% de la demanda mundial de electricidad ya corresponde a estas instalaciones. En suma, las infraestructuras relacionadas con la IA y con las criptomonedas requirieron, en 2022, 460 teravatios/hora (TWh), y las proyecciones apuntan a que puede escalar hasta los 1.050 TWh en dos años.

Europa, pionera en regular la IA

Pocas normas han logrado concitar más votos favorables. El Parlamento Europeo, por 523 síes y ante 46 noes y 49 abstenciones, acaba de hacer historia ratificando la primera Ley de Inteligencia Artificial del mundo, lista para entrar en vigor en 2026. “Estamos regulando lo menos posible pero todo lo necesario”, afirma Thierry Breton, comisario de Mercado Interior.

La ley establece permisos y prohibiciones en el uso de esta tecnología en función del riesgo que entrañe para la ciudadanía, vetándola en el plano de la vigilancia masiva en espacios públicos pero avalándola en acciones de seguridad, lucha contra el terrorismo y persecución de delincuentes. En su articulado, también se incluye que los sistemas de IA utilizados en la Unión deben ser respetuosos con el medio ambiente y siempre supervisados por personas y no por sistemas automatizados. La Comisión Europea también está desarrollando otras iniciativas relacionadas con la huella ecológica. Así, prevé establecer unos requisitos mínimos de eficiencia para servidores y ordenadores y está preparando nuevas normas de seguimiento para recopilar y publicar información sobre el consumo energético e hídrico de los centros de datos. También trabaja en el diseño de medidas que fomenten la ubicación de los nuevos centros de datos en lugares donde se pueda reutilizar el calor residual para reducir las necesidades de energía y agua para refrigeración.

En línea similar, aunque sin carácter vinculante, la Asamblea General de las Naciones Unidas ha aprobado por unanimidad una resolución para la regulación internacional de la IA, con el fin de “aprovechar sus oportunidades de forma segura y confiable para un desarrollo sostenible”. Estados Unidos, promotora de esta pauta, plantea que “las empresas privadas deben ser responsables” y están obligadas a “cerrar las brechas digitales para que todos puedan acceder a los beneficios de la IA”.

No obstante, es precisamente Estados Unidos, cuna de las principales compañías desarrolladoras de esta tecnología, el país que más está arrastrando los pies en el camino para implantar normas que la regulen. Si bien la Casa Blanca ha emitido una orden ejecutiva por la que las empresas deben notificar resultados preliminares de sus innovaciones al Gobierno federal, todavía no cuenta con una ley concreta, a pesar de la demanda del propio sector.

“Es importante que tengamos un árbitro”, confirmaba el consejero delegado de Tesla Elon Musk a su salida, en septiembre de 2023, de la cita que reunió en el Capitolio de Washington a los grandes apellidos del sector tecnológico estadounidense para reclamar que los políticos del país actuasen como reguladores para evitar un desarrollo descontrolado de la IA, “un arma de doble filo” para Musk.

La IA como herramienta para la sostenibilidad

El ingeniero del IEE López de Fez recuerda que el primer ordenador, el ENIAC de 1946, “ocupaba 167 metros cuadrados y consumía 150kW, el equivalente a 50 aparatos de aire acondicionado”, y que hoy harían falta “400.000 ENIAC para tener la misma potencia de cálculo que un smartphone de gama media, cuyo consumo es prácticamente marginal”.

La IA también está contribuyendo de forma decidida a la preservación del medioambiente. De hecho, se observa como una herramienta potencialmente clave para el progreso de los ODS, puesto que consigue más resultados con menos recursos. López de Fez confirma que ya está siendo utilizada para conservar la biodiversidad o gestionar los residuos. En el plano de la optimización del uso del agua, por ejemplo, “ayuda a predecir la demanda, identificar fugas y optimizar la distribución, contribuyendo así a una gestión más eficiente”, repasa el ingeniero.

Esta tecnología permite también analizar y cruzar datos en tiempo real, por lo que se erige como solución óptima para prever catástrofes naturales y alumbrar soluciones de alerta y gestión. También puede suponer un pilar para la sostenibilidad del sector primario. De hecho, “está siendo utilizada para aumentar el rendimiento de los cultivos y minimizar su impacto ambiental”, explica López de Fez.

Así, y como ha sucedido siempre que el ser humano ha sido capaz de procurarse una nueva herramienta, queda esperar que la Inteligencia Artificial redunde en aquello para lo que ha sido concebida: el bienestar de quien ha sido capaz de crearla.

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